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El que Cambó va dir a Alfons XIII i el que el rei va contestar

Tot just després de ser nomenat rei, Alfons XIII visità Barcelona. El rei arribà a l’Ajuntament acompanyat de Maura i del ministre de la Guerra. El regidor encarregat de fer el discurs va ser Francesc Cambó, que va dir: «Ya habéis visto, senyor, esta ciudad de Barcelona, que, al recibiros cortés y cariñosamente, ha demostrado cuán poco fundadas eran las sospechas de que esta noble y leal ciudad pudiera obrar de distinto modo de lo que su dignidad y cortesía, jamás desmentida, le exigían.

Y, ya que no habéis venido a recoger triunfos que en vuestra altura son completamente innecesarios, sino a conocer esta ciudad, no sólo en su cuerpo, sino en su alma, sus aspiraciones y sus quejas y sus esperanzas, creemos ha de serle grato a Vuestra Majestad que, cumpliendo con nuestro deber, le hablemos con catalana franqueza y con toda lealtad le digamos algo del sentimiento regionalista que nos trajo aquí y que, con mayor o menor intensidad, veréis palpitar en todas las manifestaciones de la vida del pueblo catalán que hoy tiene la honra de recibir vuestra real visita.

Esta ciudad, Señor, no se siente feliz. Se engañaría Vuestra Majestad si creyese que el contento que se manifiesta desde que os tiene en su seno indica que están satisfechas sus aspiraciones, que los graves problemas que tiene planteados y las hondas preocupaciones de su espíritu han desaparecido. Barcelona con ser ciudad grande, quiere serlo mucho más y se siente con fuerzas y energías para conseguirlo, y para ello no pide más que libertad para dar expansión a sus fuerzas y a las energías que en ella bullen, y pugnan en vano buscando una expansión que sólo en mínima parte le permiten las trabas de la Ley.

La legislación a que está sujeto el Ayuntamiento de Barcelona no corresponde a la grandeza y a la vida de esta ciudad, y esta legislación, que para otros municipios puede ser justa y verdadera, es para la nueva ciudad de Barcelona lo que eran las murallas para la ciudad antigua: un círculo que oprime y ahoga.

Dentro de pocos momentos, vuestra visita abarcará en su conjunto esta ciudad que se extiende de la montaña al mar y de río a río. Y, si con detenimento la mira, verá que este inmenso ensanche que rodea la vieja Barcelona es obra exclusiva de la iniciativa individual, que no ha tenido trabas en su acción para realizar tan colosal esfuerzo. Mas no verá, no podrá ver en parte alguna, la acción de la municipalidad barcelonesa: los parques, los bosques, los grandes edificios destinados a los servicios públicos y de cultura que en todas las grandes ciudades de Europa señalan la fuerza de la vida colectiva representada per la municipalidad y que en Barcelona no existen porque el Ayuntamiento no tiene libertad de acción ni medios económicos para ello. Y no es, Señor, que la ciudad de Barcelona no contribuya al sostenimiento del esfuerzo colectivo que el Ayuntamiento representa en tanta proporción como otras grandes ciudades extranjeras. Mas lo que paga el pueblo para el fomento de la ciudad sólo en mínima parte la ciudad se queda.

Desde la cumbre del Tibidabo veréis los ensanches de Gracia i San Martín, que tienen extensión y vida de grandes ciudades. Pues bien, estos ensanches existen a pesar de la ley, con infracción de la ley. Si la ley se cumpliera, millares de casas y de fábricas tendrían que derribarse, convirtiendo en campos yermos centros de producción, de riqueza y de vida. Parece que la ley a que viene sujeto el municipio de Barcelona es incompatible con la vida y engrandecimiento de la ciudad. Para que desaparezca esta incompatibilidad, pedimos la libertad, pedimos la autonomía del municipio. Pero para que esta libertad y esta autonomía puedan producir todos sus efectos, puedan dar expansión a todas las energías que aquí pugnan para abrirse paso, deben ser completas, sin trabas ni limitaciones impuestas por la desconfianza que embarazan y estorban para el bien y atacan el mal.

Bien comprendemos, Señor, que esta autonomía municipal que reclamamos es difícil armonizarla con la actual organización del Estado, es un injerto difícil, casi imposible de aplicar con esperanza de éxito en el árbol de una organización centralista. Por esto los regionalistas pedimos todas las autonomías de los organismos naturales, de la región, del municipio y de las familias. Creemos, Señor, que estas ansias de libertad las juzgará Vuestra Majestad con benevolencia y sin prevención alguna. Que nosotros, como concejales de Barcelona, sólo deseamos que esta ciudad sea, no la primera de España, sino una de las primeras del mundo, y como catalanes deseamos la mayor prosperidad de Cataluña, como seguramente también desea Vuestra Majestad.

Y esto, Señor, sólo se conseguirá con la autonomía, que al engrandecer este pueblo, engrandecerá a su rey.»

Amb això el rei contestà: «Me alegro mucho de haber oído las manifestaciones de vuestro compañero, pues uno de mis mayores deseos es conocer las aspiraciones de mis súbditos. Si de mi dependiera, concederia ahora mismo con mucho gusto todo esto; pero en virtud de lo que dispone la Constitución es el Gobierno el que ha de resolverlo. Cedo, pues, la palabra al ministro de la Guerra

I digué el general Linares, ministre de la Guerra (Maura en aquell moment no era a la recepció): «El Gobierno, que comprende y considera todas las regiones por igual, estudia sus necesidades, sus aspiraciones y sus deseos para tomar después aquellos acuerdos que considera convenientes. Los deseos y aspiraciones que aquí se han manifestado no son de incumbencia del Gobierno, sino del Gobierno con las Cortes. Representantes tenéis a Cortes que indudablemente se harán eco de vuestras manifestaciones. El deseo del Gobierno es engrandecer las regiones y no tiene ningún empeño en ahogar Barcelona sino al contrario, en ensancharla. El Gobierno conoce los sentimientos del rey y en ellos inspira sus decisiones

(Extret del llibre Cambó, una biografia política, volum 15 de les Obres completes de Josep Pla)

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