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La medalla, Josemari&Ana

Ana, cariño, van a por mi. ¿Quiénes? Los de siempre. Los mismos que se cargaron al pájaro de la bandera de Don Francisco. Apunta: los masones, los separatistas, los de la internacional rosa, los rojos, los curillas de pueblo. En fin, todos. Los de siempre. Aunque, yo, a mis asuntos. En México me he empapado de cultura mexicana hasta el punto que ya he dado forma rimada a mis sentimientos. Atiende: «Allá en el Rancho Grande/ allá donde vivía/ había una rancherita/ que alegre me decía...» ¿Qué quién es la ranchera? Ana, por favor, no te me apuntes a la historiografía moderna, tipo Karmele Merchante. Yo me apunto a De la Cierva y al joven de las espadas, ya sabes, este que es más español que el Avecrem. Reverte, eso es. En fin, si quieres no continúo con el poema. He echado una miajita de guasa al verso para hacerlo más informal, eso es todo. O sea: «te voy a hacer unos calzones...» Pero, Ana, un respeto, no me interrumpas. ¿Qué me dices? ¿Que de calzones nada, que lo que me están haciendo los del PSOE es un traje? Ya. Me ausento de casa y nos roban los tiestos. Mariano es como Azaña, un flojeras. Yo me he esforzado en explicarle cómo ha ido lo de la medalla de los de Piper Rudnick. Se me vienen unos señores a visitarme y me proponen prestigiar España por un coste adicional de dos millones de dólares. Nada del otro mundo. Me lo confirmó Ana Palacio. «Si los españoles os dejáis el jornal en el top less», me comentó. «Bueno, le dije, todos los españoles menos yo. Yo, Ana, del despacho a casa y de casa a mis versos». En fin, no me eches más miradas de guardia civil. Si opinas que no he de adjuntar, por eróticos, los versos del Rancho Grande a mis obras completas, me lo dices y en paz. Pero sigo con lo de la medalla. Estábamos en que acepto la negociación con los de Piper Rudnick por el bien de España. Y, luego, me concretan su propuesta. O medalla estilo Patton o pluma india con opción a flechero de Toys are us. Y me incliné por lo de Patton. Más que nada por darle satisfacción a George, que está de morros con los Minnesottas desde que le roban las gallinas de su ranchito. Ahora bien ¿inconvenientes de la medalla? Ninguno. Llego al congreso americano, se me homenajea como es debido y, a continuación, yo les recito a los señores diputados mi lección magistral. Ya sabes: lo de Perejil y el contencioso con la vieja de las cabras, una referencia a cómo metí a Yordi en cintura y unas gotas de la mejor poética de El Ausente: Y en lo alto las estrellas, o sea las stars, etcétera, etcétera. ¿Resultado de todo ello? Pues un prestigio internacional que entre los hispanos sólo alcanzó Cantinflas. Así de claro. Me lo dijo el otro día Fox, almorzando. Y en casa, no te digo. No es lo mismo entrenarme en la Casa de Campo únicamente con la cacerola de los macarrones en la cabeza, que con una medalla USA en el pecho. Imagínate, si me ven realizar el triple salto a bayoneta calada a la trinchera enemiga con mis dignidades puestas, hasta los torerillos se desmonteran. ¿Qué quieres? Las cosas de la imagen van así. Por un puñado de dólares, la amistad de los Estados Unidos con España será conocida en todo el mundo. «¿Incluso en los países árabes?», me ha preguntado Mariano a media voz, como si se le hubiera atragantado un cacahuete. «Pues sí, Mariano», le he dicho, «¿pasa algo?» Y va y me responde que se anuncia en los sanfermines antes que coger el metro. O sea, incoherencia total. Tibieza patriótica. A mí las circunstancias hostiles no me desvían de mi senda. Y más ahora en que el ejemplo de los de Piper Rudnick ha cundido entre la gente más capaz del país. Fíjate en el telegrama del chatarrero de Quintanilla. Dice: «Don Josemari. Stop. Fiestas patronales a la vista. Stop. Todo preparado para que usted gane la medalla de la caza del pato. Stop. Pato cojo. Stop. A 160 pesetas el kilo, dos kilos de peso. Stop». O sea, que me gano la medalla por dos euros. Pues seamos prácticos, Ana. Vamos a por este pato. Vale la pena la inversión.

Llorenç Capellà, escriptor

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