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La proclama

Ana, cariño, antes del desayuno ya había redactado una proclama para que la publique ABC. Atiende: «La patria está en peligro. Españoles, acudid a salvarla». ¿Qué te parece? ¿Que en su día dijo algo parecido el alcalde de Móstoles? No lo creas. Los hay que buscan mi perdición y me niegan hasta mi mayor riqueza, que son las ideas. Yo me he estado toda la noche en vela y la he parido, a la proclama, después de una ducha y un doble de aspirina. Pero ha valido la pena tanto esfuerzo, porque he dado con un estilo conciso, castrense y un tanto poético. Los historiadores del futuro, sobre todo, me lo van a agradecer, porque será difícil precisar con mayor fidelidad lo que hemos sentido los españoles después de lo de Caró. El momento es grave, Ana. Urge un toque de clarín, prietas las filas, siempre adelante, etcétera, etcétera. Fíjate en lo que te digo: el treinta y seis apunta en el horizonte. Caró tiene un punto de anarquista verbenero y así que luzca un clavel en el ojal será igualito a Companis. Se lo comenté a Yordi. Y le recordé que se lo había advertido a su debido tiempo. «Yordi, le dije, no me dejes Cataluña de la mano que Caró es como los niños que pretenden convertir en realidad todo cuanto sueñan». Yordi, a diferencia de Caró, sabía contener la exaltación nacionalista en los legítimos límites de lo regional. Y éste, y no otro, a no ser el de la represión a través del noble y supremo ejercicio de las armas, es el camino que debemos permitir que siga Cataluña. Mariano me recomendaba que hablara con Josete sobre la posibilidad de que Maragal pactara con Piqué y echara a la Esquerra al estercolero, pues muerto el perro se acabó la rabia. Y yo le dije que no. Mariano, no. «Tu no tienes olfato de estadista, le solté, porque cualquier estadista que se precie sabe que Cataluña necesita estar en manos de un nacionalista que le venda a plazos la revolución pendiente». O sea, de Yordi. ¿Me sigues, cariño? En el siglo XX España alumbró dos grandes estadistas: don Francisco y Yordi. ¿Que no te agrada la comparanza? Pues, al menos, deberás admitirme que es lúcida. Fíjate que ambos podían compartir traje y sombrero. Bajitos y barrigones, y con un cabezón que exige montera. Por algo será, digo yo. Luego don Francisco fue un patriota español a carta cabal y Yordi, en cambio, entre amar a España y dedicarse a los negocios optó por lo segundo. ¿Que yo también soy un estadista a tener en cuenta? De acuerdo, mujer. Aunque deberás admitirme que no soy del siglo pasado. Yo crezco políticamente a finales del XX, más o menos cuando vendimos la Vespa. Y me cuajo en el XXI. Fíjate que ya ni siquiera mi perfil se asemeja al de ellos. Me está mal decirlo, pero conmigo vuelve a los despachos el señorío cedista. Heme aquí: traje cruzado, línea Cortefiel, en el más puro estilo joseantoniano. Tal y como debe de ser para irme a degustar unas perdices con George. Pero, en fin, lo que te decía. Yordi me sirve. Con Yordi en la Generalidad, Cataluña no precisa llevar cencerro porque me sé en dónde está en cada momento. En cambio con Caró me suenan de madrugada todas las alarmas. Después del bombazo ABC, cité a Josete para leerle la cartilla. Vamos a ver, le dije, llama a Maragal porque se ha visto a Caró en Perpiñán y esto y aquello. Pues se va y regresa para soltarme que Maragal no sabía nada del viaje y que le dijo que Caró es un pardillo que aprovecha lo del coche oficial gratis para llegarse a ver El último tango en París. Sí, cariño, aquella película que los abuelos veían en el extranjero. Te doy una pista: Marlon Brando se solaza con una zorrilla y no entro en más detalles por decoro matrimonial. Para que te sitúes: fue cuando don Francisco proclamó aquello de la española cuando besa, es que besa de verdad y prohibió que los varones jodieran sin calzoncillos y las madres sin bragas. Ya te digo, Josete me viene con esta historia y le digo: «Josete, Caró pasa de películas y si acaso va a por mantequilla es para tirarse a España». No, no, no te sonrojes cariño. Si vulgarizo el lenguaje es porque quiero que comprendas la gravedad de la historia. Entonces, Josete, reaccionó como un hombre de bien. Se enchufó al móvil y le hizo a Maragal un resumen de lo que yo acababa de explicarle. Por lo que intuí, Maragal se hizo un lío con Josete, Caró, la mantequilla y la obligación de preservar la inocencia de los menores de edad. Resultado: destituyó a Caró porque se lo pedía Josete, lo cual tiene su mérito. Ten en cuenta que Josete no gana una batalla así como así. Participa en diez y pierde en nueve y media. ¿Qué lectura hago? Pues que Maragal es sensible a las razones de Estado, puesto que las acata sin entenderlas. O sea, que tiene futuro en política si los socialistas me lo vigilan estrechamente. Se lo he dicho a Josete: a Maragal me lo mantienes en la plaza de San Jaime y cuidadito con que no se duerma. Que me lo sé: después del carajillo viene el segundo carajillo y luego la cabezadita. Y es cuando, entre cabezadita y cabezadita, le hacen firmar la reivindicación de la Corona de Aragón o la creación de la brigada motorizada de los almogávares. Conque las órdenes son claras: que me lo mantengan despierto, a Maragal. Y desde luego, sin Yordi la cosa cambia. La Generalidad necesita de la Guardia Civil. ¿Para qué? Pues para que eche el pestillo a los ventanales que dan a la calle, no sea que al mediodía, después de los postres y de lo que viene, le dé al President por salirse a los balcones a cantar rancheras. En cuanto a Caró, ABC me lo marca de cerca. Ya está clasificado: es un correcaminos que busca la perdición de España. Hay indicios de que estuvo en Santa Elena con Napoleón, en el Ebro con Líster y en Catalañazor sirviendo a Almanzor. Si no se confirma... Digo bien: si no se confirma, Cardenal lo tendrá fácil: le empaquetará por connivencia con el enemigo.

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